
Hay una pregunta que Morena se empeña en contestar con sus actos: ¿de qué lado está cuando se trata de combatir al crimen organizado? En el Congreso de Chihuahua, sus diputados impidieron que prosperara una reforma para anular elecciones cuando existiera intervención del narcotráfico. La propuesta recibió el respaldo del PAN, PRI, Movimiento Ciudadano, PT y Partido Verde, pero no alcanzó la mayoría calificada por el rechazo morenista. Podrán envolver su voto en argumentos jurídicos, pero políticamente dejaron una imagen indefendible: cuando tuvieron la oportunidad de cerrarles la puerta a candidatos vinculados con criminales, decidieron no poner el cerrojo.
Después apareció el narcolaboratorio localizado en el municipio de Morelos. En lugar de reconocer el golpe contra una estructura criminal, Morena convirtió el caso en una ofensiva contra Maru Campos: cuestionamientos desde Palacio Nacional, llamados para que rindiera cuentas y una solicitud de juicio político. La investigación de la FGR debe continuar y llegar hasta donde tenga que llegar, pero resulta revelador que el enojo político se concentrara en quien encabezó el operativo y no en explicar quién protegía el laboratorio, para quién producía y hasta dónde llegaban sus redes. Para Morena, al parecer, decomisar drogas puede ser más escandaloso que fabricarlas.
Y ahora está la Torre Centinela. Mientras Chihuahua pone en funcionamiento una plataforma de inteligencia y vigilancia, el Gobierno municipal de Juárez condiciona la integración de sus más de tres mil cámaras a recibir acceso a las estatales, y el alcalde en funciones, Héctor Ortiz Orpinel, decidió no acudir a la inauguración. La coordinación no puede convertirse en un trueque de imágenes ni la seguridad en rehén de una disputa partidista. Nadie puede afirmar que cuestionar una estrategia equivale a proteger delincuentes, pero cuando un partido rechaza blindar elecciones, golpea políticamente después de un operativo antidrogas y se ausenta de una estrategia de vigilancia, la sospecha deja de ser propaganda y comienza a ser consecuencia. Después se indignan cuando los llaman “narcopartido” o “Gobierno de la Muerte”; el problema es que, frente al crimen, Morena acumula silencios donde debería presentar resultados.


